
El encanto de una ciudad como Roma no podía quedar en una simple mención. Así que me propuse hacerla presente.
No quise tratarla únicamente a modo descriptivo, sino mostrándola conforme los personajes transcurrían por ella, según caminaban por sus calles adoquinadas o cuáles eran los edificios que formaban parte de la novela. Y, por qué no, también cuando percibían el olor de sus alcantarillas.
Escribiéndolo, les acompañé visualizando la arquitectura y sintiendo el típico calor romano. Para que el lector entrase en la novela, a parte de atraerle con la trama, hice que el entorno fuera un enganche más.
Orvietto, El Vaticano, Roma, Monterotondo, Londres, Thon (Suiza)… No cabe duda de que el lector viajará leyendo Una bala, un final.
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